sábado, 20 de diciembre de 2008

José Jorge

¡Les gritaron putos!

Al filo de la barranca se deslizó un ojo extraño y coaguló cerca de las islas.

Dos hombres se sentaron bajo los silencios de cualquier tarde.

Tras la espalda de uno, sus antebrazos apretaban ramilletes de pastos largos, mientras el otro invadía con tensas caricias los pezones erectos y acomodaba su mejilla contra los labios menudos. Siguieron lamidas subconscientes y travesías violentas de las uñas entre los alambres capilares.
Se trozaron los cuerpos. Se besaron como un barro fundido cuando las entrepiernas se anudaron sollozando de amor esquizoide. Superaron la pasión de los árboles enmarañados.

Yo traía mi vista despacio, entendiendo las flores que se gustan en líquidos derrames de dulzura, tocándose tímidamente los penes y el pensamiento; paseos seculares tersando las espinas en empinada fundición de las perfectas naturalezas. Tremenda pasión entre dos de lo mismo.

Un grupo de bicicletas con jóvenes de caras petrificadas pasó cerca. Y esos muchachos se sintieron raros y se asquearon reproduciendo la sorpresa enferma de un pueblo. Tal vez ninguno imaginó que podía existir tal cosa entre dos de la especie, que pudieran retardarse los géneros. Y se miraron porque ignoraban que podían permitírselo ellos mismos. Y se vistieron de hombres costumbrosos, y olieron sus manos bíblicas, donde amasaron, señores de las naturalezas, corrupciones de aromas deprimidos.

Y rieron, porque no conocían más que un nombre para todo aquello, porque no hay matices de sombras, y tocaron sus pequeños ojos interrumpidos. Y prendieron su avispada alegoría vergonzosa retrocediendo hasta el futuro de los contornos donde el dolor es solo del cuerpo. Y hundieron todo en una pertinente disculpa, en un comentario adornado por niñas avejeniles y mujeres ajuventadas que abrazan erectos hombres serviles por anchas y limpias calles, educados por machos rebosantes que refriegan su vejiga contra aparatos domésticos.

Dejaron secar sus propias flores. Y reconstruyendo el mismo mundo que los desprecia, devolviendo todo a la agria realidad, les gritaron: ¡Putos! Eso fue todo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Este poema es alucinante, pero no se si por su carga conceptual de las palabras y su forma espectacular literaria, sino por su Verdad, este poema refleja en parte la sociedad Fraybentina. Jose en que año lo compusiste

José Jorge dijo...

Creo que en 1999, o en el 2000. Agradezco tu comentario. Es una prosa (narrativa poética), con una carga lírica muy notoria al principio y que se va degradando lentamente hasta llegar a la frase final, permite un contraste entre la primera parte (exageradamente sobrecargada de lirismo), y la última, entrando en cierto conceptualismo declaratorio muy difuminado, hasta el "eso fue todo" que termina por ser una declaración de la crueldad del momento, y de su tema, sin discutir, de su visión heterosexual, católica y ortodoxa en la libertad sana del grito de unos niños.
La prosa refleja sí, algo de Fray Bentos, algo que estaba escuchando constantemente en mi cotidianidad, ese choque entre la masculinidad como una forma de elección correcta que debía desfilarse y aquello que degradaba medievalmente, el castigado homosexualismo llevado a emputecerse por una burla socializada, cristalizada.
En aquél entonces decía que en nuestro pueblo nunca nacía un homosexual porque era transformado inmediatamente en puto o maricón(una palabra para estudiar).
No me gusta que alguien tenga que obligarse a ser puto, porque a una vox pópuli gruesa como un pene orgulloso se le ocurre que debe socializar la palabra homosexual, gay y transformarla en algo más cercano. Es un efecto de la verguenza ajena que se cuela en el homosexual, es decir la sociedad que discrimina intenta ponerse en la piel del homosexual, pero sin tocarlo, y concluye que es algo que sufre. Muchos homosexuales se llaman putos para mostrar que no les molesta, pero la agresión está EN LA INTENCIONALIDAD.